lunes, 10 de marzo de 2014

Estar a favor, estar en contra

En nuestros días se nos impone a cada paso una toma de posición respecto a la masa amorfa de acontecimientos que estremecen eso que han llamado «la opinión pública». Hay que estar a favor o en contra, porque el matiz engendra la incertidumbre, la incertidumbre lleva a la duda y ésta, con frecuencia, a la costumbre de pensar por uno mismo. Y, en nuestro agitado mundo, eso es fatal. Debemos optar ya, sin muchos remilgos, por unos o por otros. ¡Es urgente! A favor o en contra de los ucranios, a favor o en contra de los rusos, o de la Unión Europea. Con la Ley o con los corruptos; con los que protestan, o a favor de la silenciosa pero temible corriente de los que asienten. Todos los días se nos ofrece la posibilidad de realizar este tipo de elecciones, ya se trate de Crimea o Venezulea, de Melilla o Cataluña. Las personas informadas se reconocen al instante por eso: siempre que se les requiere (y cuando no, también) tienen a mano su opinión, preparada para saltar a la palestra «a favor o en contra» de lo que sea.
Desde que las masas entraron por la gran puerta de la Historia de mano de las distintas Revoluciones de nuestra Era, ya no hemos podido salir de ella en ningún momento. Y como el curso de la historia y sus catástrofes se ha visto acelerado de forma inédita por distintos factores ―desde el motor de combustión interna a las burocracias internacionales, pasando por la política de la Reserva Federal de EE.UU.―, tomar partido no es ya tanto una posibilidad como una obligación.
Deberíamos, por eso, defender nuestra libertad de no pronunciarnos respecto a las continuas preguntas e inquisiciones que sólo buscan la aquiescencia que supone la contestación. Si no se pueden impugnar los términos en que se plantea la pregunta, la opinión está trucada. Desposeídos de nuestra voluntad para la satisfacción de nuestras necesidades básicas, se nos acumulan las cuestiones de actualidad más banales sobre las que pronunciarnos, y lo hacemos a menudo con la suficiencia del que lo ignora casi todo. Sin emabrgo, las parcelas de nuestra vida que han caído bajo la administración técnica de unos aparatos inconmensurables y complejísimos, nos señalan con claridad en qué medida nuestra opinión «a favor o en contra» es inoperante en cuanto a aquello que nos incumbe más directamente.
Si con estas notas he contribuido en alguna ocasión a fomentar esa actitud, espero que se me disculpe. Yo también soy hijo de mi tiempo. Hace poco, un buen amigo me envió unas cuantas respuestas contrarias a algo que yo había escrito aquí, recolectadas pacientemente entre algunos conocidos suyos. En todas había una exigencia que se repetía: «¿dí, entonces, qué hacemos?» Por supuesto, no hay respuesta a esa pregunta; al menos planteada de ese modo. Ese es el problema: que nos vemos abocados a la inacción cuando pensamos qué hacer y quienes tienen el poder de actuar no saben lo que hacen.
Con otro amigo un día pensamos un chiste gráfico, se trataba de un cartel donde se leyese:


¿HARTO DE ESTA SOCIEDAD DIRIGIDA Y CONTROLADA,
DE SU DESHUMANIZACIÓN Y SU AUTORITARISMO TECNOCRÁTICO?

PULSE AQUÍ PARA DECIR, “SI”.


lunes, 17 de febrero de 2014

Combatir lo peor


«Si lo peor permaneciera idéntico a sí mismo, en cierto modo sería demasiado fácil de combatir.» 
(Jaime Semprun)


Para quienes estamos, como quería Albert Libertad, contra los pastores y contra los rebaños, el lento pero seguro declive de nuestras sociedades desarrolladas nos ofrece múltiples oportunidades de combatir lo peor cuando se presenta bajo el aspecto de «lo menos malo» o, aún peor, como «el mal necesario». Es decir, quienes defendemos que no hay reforma posible para el modo de vida que hemos creado en los dos últimos siglos, y que la salida del capitalismo requiere renunciar al mundo industrial y tecnológico que se nos impone como única forma de existencia, debemos de estar preparados para ejercer la crítica de lo no evidente. Estar contra aquellos que quieren mejorar el funcionamiento de la opresión o hacerla al menos algo más soportable. Eso nos deja en un lugar muy poco cómodo. Siempre se nos podrá acusar de agoreros, Casandras malintencionadas, propagadores del desánimo, desmoralizadores y tantas otras cosas. Ante esto sólo cabe decir que son precisamente las ilusiones de progreso de esta sociedad y la realización del sometimiento efectivo a sus dictados, aquello que desmoraliza y propaga el desánimo con mayor eficacia. Quienes tratamos de combatir aquellas ilusiones y sus tiranías sin ofrecer a cambio ningún consuelo o redención, rara vez tenemos seguidores. Esa ha sido históricamente la tarea de los pastores, no la nuestra.
Los nuevos aspirantes a guiar el rebaño electoral a través de plataformas como Podemos, representan hoy «lo peor», que ha mutado en sus formas para hacernos tragar la papilla insulsa de siempre. Si apelando a la «audacia» y a las exigencias de una situación «de excepción» acabamos aplaudiendo la figura del tertuliano televisivo y depositando las esperanzas de un cambio social en la enésima aventura electoral de una candidatura izquierdista, valdría la pena no ser tan audaces. O al menos emplear nuestras fuerzas en cosas mejores.
Como en otros momentos de la historia reciente, a la resaca de las movilizaciones más o menos espontáneas, movidas por un pathos de la indignación, le sigue el anhelo y la exigencia de la organización eficaz, la conciencia de la necesidad de un liderazgo capaz de reducir la algarabía a unas directrices bien claras. Siempre surge quien está dispuesto a aceptar el «mal menor» para tratar de encauzar el malestar y el descontento y llevarlos a buen puerto. Pero rara vez se indica la localización exacta de ese puerto de llegada, por lo que debemos depositar nuestra fe en quien nos guía y, esperanzados, delegar estratégicamente nuestra responsabilidad; aplazar, de nuevo, el momento de tomar en nuestras manos las decisiones que afectan a cómo queremos vivir. Por cierto, que el margen para ese tipo de decisiones se ha reducido a mínimos inéditos en los últimos cien años de modernización. Por ello, se entiende la tentación a delegar en la «buena representación» (o la menos mala) antes de asumir que la representación misma es parte del problema.
¿Que así tendríamos un Parlamento más colorido, con jóvenes universitarios muy leídos dispuestos a luchar a brazo partido en defensa de nuestros intereses? Sea. Pero no dejaría por ello de ser un Parlamento; igual que una central nuclear pintada de rosa chicle no deja de ser lo que es. Las Instituciones, el Estado, la Industria, el Desarrollo, no son meras herramientas que utilizadas de buena fe den resultados distintos de los que sufrimos a diario. Son, siempre lo han sido, formas de relación social, y todos aquellos que se presentan como los próximos gestores no hacen más que perpetuarlas. Por tanto, ni «podemos» ni «queremos» formar parte del rebaño, mucho menos convertirnos en pastores.
Diremos, con Albert Libertad:

«Que el ganado electoral sea guiado a correazos, es algo que nos importa poco; el problema es que construye vallados tras los cuales se encierra y quiere encerrarnos, que nombra a los amos que lo dirigirán y quieren dirigirnos».

Transformar la sociedad que necesita los Parlamentos, la Industria y el Desarrollo, requiere dejar de participar en ella. Y eso no se hace eligiendo amos «mejores». La pregunta evidente del coro que siempre opta por el mal menor dice:
«Y entonces, ¿vosotros cómo hacéis para sustraeros a las condiciones de vida que tanto criticáis?»
Respuesta: «Lo hacemos como todo el mundo; con muchísima dificultad.»

lunes, 27 de enero de 2014

¿Haussmann en Burgos?

El 27 de junio de 1853 George-Eugène Haussmann tomó el cargo de prefecto del departamento del Sena. Nombrado por Napoleón III, Haussmann estaría destinado a modificar la ciudad de París de forma radical. Durante los dieciocho años que fue responsable de la remodelación urbana, las obras del Barón afectaron a más del sesenta por ciento del parque inmobiliario de la ciudad, abrió amplios bulevares y construyó grandes plazas, convirtió el mercado de Les Halles en un centro comercial de primer orden, arrasó barrios populares enteros (como hizo con el trazado del Bulevar de Sebastopol), facilitó el acceso militar a la ciudad conectando las anchas avenidas con las estaciones de tren que transportarían al ejército desde las provincias a la capital para sofocar sublevaciones como la de 1848; expropió, derribó porciones enteras de la ciudad y roturó los Jardines de Luxemburgo, llevó a cabo grandes obras de ingeniería como el alcantarillado y el alumbrado público de gas, y descendió hasta los detalles mínimos del estilo del mobiliario urbano.
Aclamado por unos y vituperado por otros, Haussmann pasó a la historia como el artífice de la destrucción del viejo París, de la antigua ciudad medieval, y el azote de las «clases peligrosas», los más pobres, a los que desplazó con sus intervenciones urbanísticas y su concepción militar del ordenamiento urbano. A la vez, también fue el modernizador de París, el que acometió las obras públicas más importantes y llevó a cabo un «saneamiento» a gran escala de una de las ciudades más importantes de Europa.
Pero no se suele hablar tanto de cómo Haussmann puso en marcha el mecanismo de endeudamiento público y transferencia del gran capital financiero a la producción del espacio urbano, a través de los grandes proyectos de remodelación de la ciudad. Junto a los hermanos Pereire, fundadores del Credit Mobilier, Haussmann anticipó una pauta fundamental para el capitalismo, aun vigente en nuestros días: ante las crisis cíclicas de empleo y acumulación de capital, la remodelación urbana hacía fluir el dinero a través del crédito y la construcción, obteniendo grandes beneficios y reestructurando las relaciones sociales a través de la ordenación del espacio. Esta «destrucción creativa» no ha dejado de reproducirse desde entonces.
Cuando en 1870 fue destituido por el mismo Napoleón III que le había conferido poderes casi absolutos sobre París, Haussmann había endeudado hasta la asfixia a la ciudad, entregándola a los intereses financieros de los acreedores que habían costeado sus grandes obras.
Como muchos otros protagonistas de la historia, en Haussmann su grandeza es inseparable de su miseria. Al parecer ni siquiera se enriqueció personalmente poniendo en marcha su apisonadora urbanística. A su modo, era un idealista de la «linea recta» y un vanguardista en el arte de la contabilidad creativa. En sus últimos años, se retiró para dedicarse a escribir cómo se las había ingeniado en los tres volúmenes de sus Memorias.
Sus planes para la remodelación urbana de la capital de Francia fueron tan lejos en el ejercicio del poder que cualquier imitador posterior palidece a su lado. Y si hubiese podido aconsejar a ese torpe aprendiz, mediocre y desdichado, que actualmente preside el Ayuntamiento de Burgos, seguramente le hubise dicho: «No hagas planes pequeños».
Pero Burgos no es París, ni Lacalle es Haussmann, ni el estado español es el Segundo Imperio. Lo que ha surgido aquí tras el ciclo de especulación inmobiliaria, ―a parte de toda la mierda que había debajo de la alfombra y sobre los mismos escaños del Parlamento―, son un “Pozero”, un Julián Muñoz, un Ortiz (ese constructuor con pinta de buhonero venido a más) o un Méndez Pozo, Haussmanns de chichinabo, como diría un buen amigo; ambiciosos de pacotilla, tan mezquinos como sus motivaciones.
El ciclo virtuoso del pelotazo urbanístico, al agotarse, ha dejado a la vista de todos la ruina social y política a la que tantos bendijeron mientras los intereses seguían bajos, el crédito fluía y no paraban de construirse «urbanizaciones» que producían, además, el tipo de masa sonámbula y asténica que deambula cada fin de semana por los Centros Comerciales. Mientras tanto, se iba apuntalando un régimen policial digno de cualquier dictadura, que prometía mano dura para cualquiera que sacase los pies del tiesto. Y que permite ahora que una descerebrada cualquiera condene «los atentados de Burgos». Así, no sorprende que el pesebre de los tertulianos y columnistas, de un signo y de otro, se lanzasen con la lengua fuera a desmarcarse de los «actos violentos» y las «muestras de vandalismo.» ¿Tanto desestabiliza a la sociedad la quema de un par de contenedores? Estamos gobernados por auténticos psicópatas que no dudan en condenar a millones a la miseria y la muerte, pero unos destrozos en el mobiliario urbano de unas cuantas ciudades pasan por «intolerables ataques a la democracia». Así de sólida es, pues, esta supuesta democracia: quemando un par de cajeros y apedreando unos cuantos coches de policía, es suficiente para que se venga abajo.
Algunos ya se están frotando las manos al intuir en el horizonte un relanzamiento del crédito y la inauguración de un nuevo ciclo especulativo. Total, los pisos vacíos de los bancos ya empiezan a tener interés para los fondos de inversión internacionales que, por cierto, no tienen ninguna intención de destinarlos al «alquiler social».
Tendría que existir un Gamonal en cada ciudad. Pero para que eso suceda hace falta un compromiso férreo en el rechazo no tanto de los «excesos» de un orden corrupto y decadente como el que sufrimos, sino de su naturaleza misma, de las bases materiales que permiten que, cuando todo va bien, se forjen esos pequeños haussmanns, mediocres y rastreros, que hoy ostentan el mando. En las condiciones actuales, un gobierno, del tipo que sea, sólo puede atender un pequeño número de grandes intereses. Y si les asusta, hasta el punto de querer suspender toda libertad, el fuego con que se prenden un par de papeleras, ¿qué harán, entonces, cuando las llamas lleguen hasta la puerta de sus casas?

lunes, 13 de enero de 2014

El "songbun" nuestro de cada día


Hace unas semanas leí esto en un periódico:

«[…] ser sujeto de un determinismo social ―y político― que decide el destino, la clase y las oportunidades de alimentarse, recibir educación, encontrar empleo o simplemente vivir.»

La frase se refería al songbun, el sistema de clasificación social que supuestamente rige en Corea del Norte, y que al parecer implantó Kim Il-sung a principios del siglo XX. Me pregunté por qué, sin haber estado jamás en Corea (ni del Norte ni del Sur) me era tan familiar eso de «ser sujeto de un determinismo social». Por qué, sin ser súbdito de Kim Jon-ung (nieto del anterior), me sonaba tanto que alguien decidiese las oportunidades de alimentarse, recibir educación o encontrar un empleo de la mayoría.
La noticia estaba redactada, evidentemente, para provocar la indignación moral del lector occidental bienpensante. Pero algo no funcionaba. Seguí leyendo. El sistema, según contaba el artículo ―reseñando un informe con el novelero título Songbun, marcados de por vida―, distribuye a la población en tres grandes grupos: «Leales, Vacilantes y Hostiles», dependiendo del apego o desafección respecto al régimen. A partir de ser incluido en una de estas categorías, se tendría acceso o no a determinados bienes de primera necesidad (en lo más bajo del escalafón), y a prebendas y privilegios como poder vivir en la capital Pyongyang (en lo más alto).
Avanzando en la lectura, se relataba cómo estas categorías tenían que ver sobre todo con los conflictos bélicos con Japón, que dominó Corea de 1910 a 1945, y con las tensas relaciones con Corea del Sur desde la guerra 1950-53. Quienes lucharon contra los nipones y quienes defendieron la unificación de una Corea socialista estarían dentro de los «Leales».
Se especificaba, además, que el régimen reserva un «trato preferente» a los «Leales» en materia de vivienda, empleo o sanidad; para los «Vacilantes» se destinan los trabajos poco cualificados y no se garantiza el acceso a determinados servicios como la educación o un empleo estable, pero no se los persigue de ningún modo. Finalmente, los «Hostiles» sólo podrían acceder a los trabajos más duros y peligrosos, habitar en regiones alejadas de la capital, y estarían sometidos a un racionamiento de los alimentos. Todo esto según el informe mencionado.
Pues bien, nada de aquel relato (real o fantástico) consiguió movilizar mi indignación. Es más, a medida que avanzaba en la lectura, encontraba muchas semejanzas con nuestras sociedades tecnológicas y supuestamente democráticas. Efectivamente, hay un grupo que detenta ciertos privilegios, otro que varía entre dar su apoyo a estos primeros o indignarse por no poder acceder a las mismas recompensas, y otro que definitivamente tienen racionada su existencia y sólo pueden aspirar a sobrevivir. Y también observé algunas diferencias: por ejemplo, a los reconocidos enemigos del régimen norcoreano no se les prometería que con su esfuerzo podrán remontar en la escala social, no se les incentivaría para que ser emprendedores, ni se les inculcaría un pensamiento positivo, ni se les premiaría como si fuesen niños que se han portado mal. Pero tampoco se les culparía de su fracaso: simplemente serían catalogados como enemigos del Estado y así se los reconocería públicamente. Optaron por un bando y perdieron, eso sería todo.
Nuestro songbun cotidiano, sin embargo, no reconoce a los enemigos internos. Pretende erradicarlos y hacer imposible cualquier crítica al orden establecido. Trata de reducir a sus detractores a la inexistencia, y en ocasiones lo consigue. El songbun norcoreano diría: «el sistema tiene un problema contigo: estás jodido». El nuestro reza: «eres tú quien tiene un problema con el sistema: estás jodido». Que, sobre el papel, uno venga establecido por una dictadura y el otro por una democracia no significa mucho para la conclusión, en ambos casos idéntica: estamos jodidos.
Cuando Kim Il-sung estableció sus supuestas categorías, calculó que, de toda la población norcoreana, un 20% eran Leales, un 55% Vacilantes y el 20% restante Hostiles. Si eso es cierto, querría decir que Kim Il-sung no pretendía siquiera hablar por boca de una mayoría. Es más, concedía un porcentaje mayor a aquellos que estaban en su contra o podían estarlo, y por eso no los trataba como imbéciles sino como adversarios políticos. Se trataría de un ejercicio del poder de otro tiempo, realista y con un gran sentido de Estado, me atrevería a decir. Que después haya culminado en una dictadura hereditaria no le quita su mérito. Nosotros también heredamos un Jefe de Estado militar de manos de un dictador, y actualmente nos gobiernan los descendientes de aquella dictadura, y sin embargo la mezquindad y la hipocresía son moneda corriente en todo lo que huele a política. De modo que no somos los más adecuados para dar clases de justicia social y apertura democrática, ni siquiera a los norcoreanos.
Nuestro songbun de cada día pretende estar siempre en mayoría frente a quienes se oponen al estado de cosas establecido, y aunque los considera como enemigos rara vez lo dice públicamente: prefiere hacer ver que todo funciona relativamente bien y que los problemas sociales los causan unos cuantos inadaptados y terroristas. Les dice a sus súbditos que, con esfuerzo, pueden llegar a lo más alto de la escala social, y, al mismo tiempo que los condena al fracaso, les espeta en la cara: «no merecéis nada mejor». También reparte sus supuestos privilegios entre los leales y condena a los hostiles, aparentando además que su intervención humanitaria salva a muchos de su ineptitud para adaptarse al juego del libre mercado.
Nuestro songbun es el Desarrollo, que ha reducido la existencia a una vida administrada, en la que cada cual es libre de elegir la forma en la que quiere someterse, pero poco más. En nuestro songbun los Vacilantes y los Hostiles estarían igualmente etiquetados y oprimidos, pero la propaganda constante les diría que son ellos mismos quienes se condenan, y que además tienen la obligación de esforzarse para seguir siendo fieles a aquello que los aplasta.
Por eso, en lugar de indignarme con la aberración del sistema norcoreano, reafirmé mi convicción de lo insufrible del nuestro. Que, eso sí, tiene la ventaja de hacer creer a quienes lo sufren que ellos mismos lo han elegido y que, al fin y al cabo, la cosa podría ser peor. «Por supuesto», me dije al cerrar el periódico, «podríamos ser norcoreanos. Así, por lo menos, sabríamos a qué nos enfrentamos.»


lunes, 30 de diciembre de 2013

Razones para acabar de una vez por todas con la televisión


No me da ninguna pena el cierre de Canal 9. A muchos otros les sucede igual, pero por motivos distintos a los míos. En un artículo reciente, Pascual Serrano* venía a decir que defender a los trabajadores del Canal 9, despedidos tras el cierre, era una paradoja para la izquierda, a la que esos mismos trabajadores, en el ejercicio de sus funciones, vilipendiaron, silenciaron y humillaron. Los mismos trabajadores de la cadena autonómica han ofrecido evidencias que refuerzan estos argumentos al denunciar, a toro pasado (y como si nadie se hubiese dado cuenta antes), la manipulación, la falta de ética y el servilismo que reinaban en la televisión valenciana.
Algunos como Serrano levantan el dedo acusador y determinan que los trabajadores son culpables, tanto por su silencio de entonces como por hablar ahora que han sido despedidos. Otros apelan a la «inocente irresponsabilidad» del mero operario que poco o nada podía hacer respecto a la orientación y contenidos de la cadena, siempre marcados por «los directivos».
Pese a ser muy interesante la controversia, al poner en juego el espinoso tema de la responsabilidad de cualquier trabajador respecto a lo que hace o no hace dentro de un determinado ámbito de la producción, estas discusiones no hacen más que distraernos de la pregunta principal enunciando otras en su lugar: ¿Tienen derecho a defender su empleo los trabajadores de Canal 9? ¿Debe la izquierda apoyarlos en su condición de «obreros» o condenarlos en calidad de cómplices necesarios para la propaganda de la derecha valenciana? ¿Se defendería a los antidisturbios como trabajadores (el ejemplo es de Serrano) si fuesen despedidos en masa? ¿Se defendió a ultranza la lucha por el empleo de los mineros (este ejemplo es mío), con independencia de la naturaleza de su trabajo?
Todas estas preguntas están muy bien, pero la cuestión a dirimir es otra: ¿es necesaria la televisión? Contesto: si por mí fuese, y con independencia del contenido o la titularidad, eliminaría de raíz y sin anestesia todas las televisiones. Eliminaría, para entendernos, la televisión en sí misma, como desarrollo tecnológico nefasto.
Como no tengo la capacidad para hacer realidad tal amenaza, ya se me puede ir dispensando del reproche sobre los puestos de trabajo perdidos y los lacrimosos llamamientos a «el pan de los hijos» de los despedidos. Yo aboliría la televisión por las mismas razones que el expublicista y asesor televisivo Jerry Mander expuso, en 1977, en su libro Cuatro buenas razones para eliminar la televisión.
Ahí van unos cuantos argumentos escogidos:

Debido a la forma en que la señal visual es procesada por la mente, la televisión inhibe los procesos cognitivos.
Deja al espectador menos capacitado que antes para distinguir lo real de lo irreal, lo interno de lo externo, lo experimentado personalmente de lo implantado desde el exterior.
La televisión suprime y reemplaza la imaginería creativa humana, alienta la pasividad masiva, y entrena a la gente para aceptar la autoridad. Es un instrumento de transmutación, que convierte a al gente en imágenes de televisión.
La televisión mantiene a la conciencia encerrada dentro de sus propios canales rígidos, una pequeña fracción del campo natural de información. A causa de la televisión creemos que sabemos más, pero sabemos menos.
Nos mete aún más adentro de una realidad artificial ya predominante. Empeora la pérdida de comprensión personal y el acaparamiento de toda la información en manos de una élite tecno-científico-industrial.
La tecnología de la televisión es intrínsecamente antidemocrática. Debido a su costo, y al tipo limitado de información que puede emitir, a la forma en que modifica a la gente, y al hecho de que unos pocos hablen mientras millones absorben.
La televisión ayuda a crear las condiciones sociales que conducen a la autocracia; también crea las apropiadas pautas mentales para eso y simultáneamente embota la conciencia de lo que está sucediendo.

Como sostenía Jerry Mander, la televisión mediatiza nuestra experiencia y consigue que millones escuchen a uno solo (o a unos pocos bien organizados); y que esa muchedumbre televidente participe de un «hecho común» pero totalmente aislados los unos de los otros. La base ideológica de la televisión es: un emisor organizado y millones de receptores aislados y pasivos. Nos acerca lo lejano y aleja lo cercano (Neil Postman dixit). Y al mismo tiempo nos ofrece una visión disminuida del mundo y siempre tendenciosa, porque privilegia ciertos contenidos que pueden ser televisados y excluye la mayoría, que no lo son. No es una cuestión de «programación de contenidos»; la imagen televisiva refleja mucho mejor lo inerte, por eso los objetos comerciales se adaptan mejor a su formato. Mejor la acción que la reflexión, el entorno artificial que el natural, mucho mejor la violencia que el diálogo, más exitosa la competición que la cooperación. La televisión, en fin, enfría la experiencia, la aisla y la disminuye, y trata de sustituir la realidad por una versión chata e insulsa de ésta.
Y no se trata de que la televisión haya creado un «mundo paralelo» (eso lo pueden hacer la pintura, la escultura y la literatura, por ejemplo): es que ha metido al mundo dentro de sus parámetros. Su extensión y sus posibilidades para mediatizar la experiencia han hecho que se concentre en las poderosas manos de quienes quieren reproducir el mundo a su imagen y semejanza. Y para ello deben adocenar e influir al resto con tal de hacernos creer que su conveniencia es lo que más nos conviene a todos, más allá de lo que nuestra propia experiencia y nuestra conciencia nos dicte.
De ese modo la televisión produce la realidad, al dar existencia y notoriedad a cosas que nos son absolutamente indiferentes y llegar a ocultar o poner en duda lo que nos afecta cotidianamente. Los mediocres imbéciles que nos gobiernan y los que pretenden gobernarnos después, deben su existencia a la machacona y repetitiva presencia que ostentan en la televisión. Así, imponen su presencia, sus inquietudes, su paranoica forma de pensar. Y quienes se oponen a ellos, si no hacen algo para atraer a las cámaras de televisión, a menudo pasan a la inexistencia rápidamente. Como forma de adoctrinamiento, hay que admitirlo, la televisión ha sido la más eficaz que se haya inventado jamás. Ni siquiera las religiones mayoritarias soñaron alguna vez con ostentar ese poder de comunión. Hasta el punto de que ahora sus representantes mundanos también existen porque aparecen en televisión con cierta frecuencia.
Todo lo que pasa por el filtro de la televisión se convierte en propaganda, porque la naturaleza del medio sólo permite el mensaje unidireccional y previamente «producido». Es decir, que si a Serrano le molestaba que Canal 9 no hablase bien de la izquierda (o ni siquiera hablase), nada habría cambiado de haber hablado en otros términos. No hay reforma posible, ni programación pedagógica, ni gestión razonable para este aparato de propaganda masiva. Una televisión distinta, más cercana y comunitaria como querrían algunos, sería una estupidez, porque una comunidad que mereciese tal nombre no necesitaría para nada una televisión. Millones de años de evolución humana avalan esto que acabo de decir.
La televisión para uso doméstico sólo se ha generalizado en los últimos cincuenta años de vida sobre el planeta, y viendo los resultados del invento bien podríamos desterrarlo para siempre de nuestras vidas, ganando a cambio infinitamente más de lo que podríamos perder.
Por eso no me da pena el cierre de Canal 9. Al contrario: lo celebro.
Lo que sí da pena es que el cierre no se haya debido, ni mucho menos, a los motivos aquí expuestos. Lo lamentable es que alguien se sienta en el deber de defender un canal de televisión porque sea público, porque en él trabajen unas cuantas personas o por cualquier otro motivo. La televisión es lo que es: pura propaganda y mezquindad. Y nada más. Hacerla mejor requeriría de tantos esfuerzos que sale más rentable mandarla al carajo.
No, definitivamente, no hay que defender los puestos de trabajo de Canal 9. En todo caso habría que acabar con la televisión y el trabajo en sí mismos, como productos de una forma de vida que nos ha convertido en idiotas. Mientras no abordemos los problemas de raíz podemos seguir entreteniéndonos. Sin duda, quedan muchísimos canales para seguir haciendo zapping. Acabar con la televisión es relativamente sencillo: no la enciendas.

Nota:



sábado, 28 de diciembre de 2013

Los dos mundos que habitamos. Sobre la "Historia de las utopías" de Lewis Mumford.



1

«El hombre camina con los pies en el suelo y la cabeza en el aire, y la historia de lo que ha pasado en la Tierra ―la historia de las ciudades y de los ejércitos y de todas las cosas que han tenido cuerpo y forma― es sólo la mitad de la historia de la humanidad.»
La otra mitad es, según Lewis Mumford, la que transcurre en el mundo de los idola, de las imágenes y representaciones que el ser humano crea en su interior. Aquello que caracteriza a nuestra especie: su capacidad para la creación de símbolos, su fértil imaginación, capaz de construir ciudades y alzar mundos enteros en su mente que, al final, se convierten en guía para sus acciones concretas en el mundo material. Esas imágenes no son «reales», como tampoco lo son el Norte o el Sur, y sin embargo Norte y Sur son conceptos que nos sirven para orientarnos, aunque nunca estaremos en ellos. De igual modo se comporta la Utopía. Sólo quienes están sujetos a una dura disciplina, «como el asceta hindú o el hombre de negocios americano», son capaces de eliminar de su conciencia uno de los dos mundos. Siempre habitamos a caballo entre los dos. Hasta el más mezquino y ruin de los seres humanos actúa movido por un ideal, y seguramente sus ideales sean la causa de su mezquindad y su ruina. Sólo hemos podido renunciar al pensamiento utópico asumiendo la disciplina del Desarrollo.
En su libro, Mumford distingue entre utopías de evasión y utopías de reconstrucción. Las primeras son como islas encantadas, que sólo proponen un retorno al útero materno, donde ningún peligro nos amenaza y el conflicto no existe. Atienden a una necesidad vital de escapar de las contradicciones del mundo que nos impiden adaptarnos a nuestro entorno. Se entiende que, en nuestras sociedades contemporáneas, la distancia entre lo deseado y la realización de un mundo hipertecnológico cada día más opresivo, promueva todas las utopías de evasión. En ellas puede brotar el mejor arte y la mejor literatura. Pero quedarse demasiado tiempo en allí conduce a la inmovilidad y a la frustración.
El segundo tipo de utopías, las de reconstrucción, se lanzan hacia el mundo exterior con la voluntad de transformarlo, en lugar de contentarse con la promesa de la isla encantada (de la vieja Edad de Oro), se adentran en ella y acondicionan su entorno para una mejor adaptación de la vida humana. Estas utopías son las que promueven un entorno radicalmente distinto, pero referido a la globalidad de la vida, tanto a sus técnicas y construcciones, como a sus valores y sus relaciones sociales. Las utopías del inventor y del industrial carecen de la segunda parte de ese contenido y, en gran medida, son las que vienen transformando el mundo a su imagen y semejanza desde hace más de doscientos años. Mumford lo resume con un ejemplo que aquí adaptamos: un hombre con la mentalidad de un comerciante del siglo XVI que conduce un automóvil de 2013, sigue siendo un hombre del siglo XVI.
Las utopías han transformado sólo la superficie de nuestro mundo material, y han dejado intactos los fundamentos del ser humano, que sigue atrapado en contradicciones aparentemente irresolubles entre razón y fe, ciencia y mito, pragmatismo e idealismo, mientras su entorno es transformado (y devastado) a un ritmo inédio por el Desarrollo.
¿Por qué ha sucedido esto? Para Mumford la respuesta es sencilla: porque nuestras utopías no eran lo suficientemente buenas. Antes de emprender su recorrido histórico por ellas, nos advierte de su intención: si se emprende el viaje es para ir más allá de la Utopía. No se propondrá una nueva al final del camino, sino que se desvelarán los falsos cimientos sobre los que se han construido las utopías que han condicionado el desarrollo de nuestro mundo contemporáneo. Para concederle una posibilidad a la Eutopía (el buen lugar) hay que insertarla en la vida cotidiana. De otro modo estará condenada a ser siempre una Outopía (el no-lugar).

 2

 Mumford inicia su travesía en La República de Platón y nos lleva hasta las Noticias de ninguna parte de William Morris y Una utopía moderna de H.G. Wells. En el camino constatamos cómo, a partir del Renacimiento, las utopías comienzan a proponer múltiples modelos de ordenar el mundo, se abren las posibilidades de una reorganización del espacio construido por el ser humano como no se había conocido hasta entonces. La conquista de la naturaleza y el progreso de la humanidad parecen estar al alcance de la mano. Pero estas utopías se diferencian de las clásicas en que cada vez prestan más atención a la organización del mundo industrial que se va gestando al calor del primer capitalismo mercantil y el desarrollo de las manufacturas. Poco a poco se van especializando, y aunque aún quieren tener un carácter global y proponen cierto tipo de commonwealth, el divorcio de la ciencia aplicada respecto al resto de saberes comienza a generar un desfase evidente. El progreso de las fuerzas productivas no se corresponde con los progresos humanos. Las utopías del siglo XIX, durante el desarrollo del primer industrialismo, se concentran en la organización industrial, la distribución del salario, la eficiencia del trabajo, y por eso acaban siendo utopías donde la tecnología ocupa un lugar predominante. Los Owen y Fourier no escapan a esta parcialidad. Adam Smith y Karl Marx tampoco. Es en ese momento cuando la Utopía tiene que desligarse de la realidad o limitarse a las propuestas de un mundo-cuartel-fábrica que asfixia la libertad y no propone un entorno nuevo para el desarrollo del potencial humano, sino que regimienta a los hombres con tal de hacerlos mejores dentro de la Máquina.


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He aquí el desarrollo que la Utopía conoce hasta los tiempos de la primera Revolución Industrial. En adelante, Mumford se encargará de desentrañar los idola que han aparecido con esta transformación del mundo material y que han condicionado nuestras sociedades contemporáneas. Detecta dos fundamentales: la Casa Solariega y Coketown. La primera es la utopía de la autonomía y la abundancia, de la autosuficiencia aislada que se nutre de unos alrededores a los que parasita. Es el ideal de la clase ociosa que tan bien describiera Thorstein Veblen. En su traducción más moderna: la república independiente de tu casa. Es exactamente el encierro en los placeres privados, el retiro de la ciudad y el desarrollo aristocrático del gusto como criterio de la vida buena. La Casa Solariega desarrollará un refinado espíritu del goce, pero descuidará tanto los aspectos de la creación (sustituidos por el consumo) que acabará transformando la vida buena en una vida de bienes, poniendo las bases, a juicio de Mumford, del consumismo individualista que impera en las sociedades modernas.
Pero la generalización de la utopía de la Casa Solariega se llevó a cabo por su relación con Coketown, la ciudad industrial, que orientaba todas sus energías a la producción de bienes de consumo. La creación de necesidades y de bienes que las colmaban para crear necesidades nuevas, generalizó el gusto por el consumo suntuario. Y siempre que han surgido las crisis del sistema industrial, la respuesta ha sido idéntica: construir más casas y llenarlas de cosas. Coketown produce y la Casa Solariega consume. Pero los trabajadores de Coketown serán empujados a reclamar siempre tener su propia Casa Solariega, y eso hará crecer a Coketown más allá de sus límites naturales y generará un hito que la diferencia del resto de utopías: el montón de basura que crece a su alrededor.
¿Cómo se reconcilian estas dos utopías, cómo puede permanecer el consumo diferenciado ante la producción ingente de bienes de consumo? Aquí Mumford detecta una tercera utopía que viene a regular las fricciones surgidas de la relación entre las anteriores. Ambas se unen, y se sintetizan, en la utopía del Estado nacional. El idola fundamental del Estado nacional es su Megalópolis, su ciudad más importante, que constantemente renueva el mito del Estado por su enorme capacidad de producir papel. Es decir, burocracia centralizadora, generadora de ideología, que mantiene unidas la Casa Solariega y Coketown (a trabajadores y rentistas, oprimidos y explotadores) bajo la ficción de una comunión nacional que no se corresponde con ninguna delimitación geográfica o antropológica. Megalópolis es una ciudad de papel, trufada de oficinas, planos, reglamentos, formularios, títulos; generadora de infraestructuras nacionales y mitos pacificadores a través de la propaganda; que crea la uniformidad y la estandarización. El habitante de Coketown y el de la Casa Solariega se convierten así en ciudadanos del Estado y habitantes de la Megalópolis.

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Estas tres utopías, según Mumford, son las que han dado forma, desde hace más de doscientos años, a nuestras sociedades. Siguen presentes, y las utopías parciales que han tratado de reformarlas han fracasado por un motivo: su unilateralidad. Las utopías políticas posteriores a la industrialización cometieron un error: al criticar principalmente la distribución y la propiedad asumieron como válidos los fines a los que aspiraba el mismo orden que pretendían derrocar, y así se contentaron con la universalización de sus productos (desde las cuchillas de afeitar a los Parlamentos). «Como si un cambio de propietarios o en el equilibrio de poder pudiese alterar el rostro de Coketown y, de esta manera, sus hornos dejasen de arder y sus cenizas de polucionar.» Al no interesarse por la vida del espíritu, y tan sólo buscar la victoria de un partido, y la toma del poder dentro de la utopía desarrollista, perdieron de vista los objetivos humanos que podían justificar sus revoluciones.
¿Cómo recuperar entonces esos objetivos? Mumford, consciente de las limitaciones que ya en su época tenía cualquier revolución partidista, culminaba su Historia de las utopías reclamando con urgencia que la Eutopía, el buen lugar, acercase sus idola a la vida cotidiana, que propusiese una nueva commonwealth, y lo hiciese en contra de la universalización de la Casa Solariega, Coketown y Megalópolis. En lugar de reclamar indignados el acceso a una vida de bienes, era necesario realizar la utopía de la vida buena. Y pedía hacerlo «antes de que nuestro mundo mental [estuviese] tan vacío y privado de mobiliario útil como una casa abandonada».
Es hora de revelar que Lewis Mumford escribió este libro entre febrero y junio de 1922. Y si ya entonces nos advertía: «nuestra elección no es entre la eutopía y el mundo tal cual es, sino entre la eutopía y nada. O mejor, la nada.» Hoy parece que nos encontremos, efectivamente, en la Outopía, la nada, un lugar inexistente, donde la vida mental se ha reducido al mínimo y la expresión de unas formas distintas de sociabilidad ha quedado sepultada bajo un montón de basura tecnológica que crece cada día. «Inexistente» no quiere decir que sea «irreal» sino que, precisamente, su realidad cotidiana se desarrolla en la pura inexistencia.
En estos momentos de desorientación y derrumbe de muchos de los idola que han sostenido hasta ahora nuestras sociedades industrializadas, volver a la obra de Mumford, a su sentido histórico y a su confianza en la capacidad del ser humano para trazar un rumbo distinto, casi se antoja un ejercicio de voluntarismo. Pero a falta de otro mejor, y ante el total descrédito y bancarrota de los Idólatras de los Últimos Días, parece razonable empeñarse en una utopía de reconstrucción. ¿Qué otra forma de pensar nos queda viviendo entre las ruinas?

martes, 17 de diciembre de 2013

Se acabó el «buen rollo»


Warren Buffett
«Evidentemente hay una guerra de clases, y es mi clase, la de los ricos, la que la ha emprendido y la estamos ganando». Así de claro se expresaba Warren Buffett en el New York Times del 6 de noviembre de 2006. Y sabía de lo que hablaba. Buffett es uno de los mayores inversionistas del mundo (un inversionista es alguien que se dedica a mover su dinero de un lado a otro, consiguiendo grandes beneficios, con independencia de las consecuencias sociales que tengan esos movimientos). En 2013 la revista Forbes lo ha situado en el cuarto lugar de su famosa lista, por detrás de Bill Gates, Carlos Slim y Amancio Ortega. Su fortuna personal asciende a 58 mil millones de dólares. Por lo tanto, estamos ante la opinión de un experto de la usurpación.
Es curioso que representantes tan acreditados hablasen bien a las claras de lo que tenían en sus agendas y de su particular «guerra de clases», mientras muchos miraban hacia otro lado. Aún recuerdo los años en que el «buen rollo» estaba en boca de todo el mundo, y en los que una crítica (por mínima que fuese) a nuestro modo de vida era desechada con aire de desprecio y suficiencia, incluso por los que menos tenían que ganar. Cualquiera que hubiese hablado de «guerra de clases» durante aquellos maravillosos años del boom inmobiliario hubiese sido catalogado como un trasnochado y un «malrollero» condenable al ostracismo. Cualquiera, menos tipos como Buffett, claro está.
En este mal llamado país, durante el periodo comprendido entre 1996 y 2008, todo iba a pedir de boca, al menos para unos cuantos. Y muchos pensaron que estaban en el bando de los «ganadores», sin poder o querer entender cuál era su verdadero papel en el juego. En esos años se perdieron muchas cosas que hoy nos harían falta, pero las fundamentales fueron la costumbre de pensar por cuenta propia y la dignidad. Muchas de las libertades formales que hoy estamos perdiendo, ya eran entonces papel mojado, y las derrotas en las batallas presentes estaban fijadas hace tiempo en el calendario de quienes comandaban la guerra desde sus Despachos, sus Bancos, sus Parlamentos y sus Instituciones.
Quienes pertenecían a la reducida clase de los que habían declarado las hostilidades lo tenían muy claro, pero para una mayoría lo que importaba era poder acceder a cierto nivel de vida y que los dejasen tranquilos. Dame pan y dime tonto. Es cierto: fueron muy pocos los que «vivieron por encima de sus posibilidades», pero también fueron muy pocos los que defendieron que existía la posibilidad de vivir de otra forma. Y de ese modo, la ventaja concedida a los parásitos que pretenden gobernarnos fue demasiada.
Pensar que se puede tener el acceso a los bienes materiales de esta sociedad, sin por ello rendirse a quienes se encargan de administrarla, es condenarnos a ser siempre tontos útiles. En el lote que nos han vendido va incluido el sometimiento a una recua de hijos de puta que, mientras tanto, se han blindado ante cualquier eventualidad y han construido su inmunidad para sacrificar a millones en beneficio propio y encerrar a quien alce la voz. Todos aquellos que pretendieron disfrutar del Desarrollo sin ser molestados, hoy tendrán que admitir que no se puede separar el Desarrollo del Crimen. Y lamentarse ahora es como pedir a quienes nos pisan el cuello que lo hagan con más cuidado.
Mientras el Gran Dinero circulaba a espuertas, una gran mayoría, contenta con las migajas, creía tener en sus manos el poder, cuando sólo era su tarjeta de crédito. Es decir, la excrecencia sobrante de los verdaderos negocios. Así, con las manos llenas de mierda, era difícil que se organizase algo parecido a una resistencia cuando la guerra ya estaba en curso. De ahí esa actitud chulesca ―que determinados elementos exhiben cada día desde sus tribunas― de mearse encima del prójimo y decirle que está lloviendo. A quien trata de revolverse, lo que le llueven son palos.
Están convencidos de su impunidad. Y no van a irse por las buenas. Los que codician sus puestos y quieren administrarnos mejor pertenecen al mismo bando. La guerra nos la declararon hace ya demasiado tiempo. Pero, ¿a quiénes «nos» la declararon? ¿Quiénes forman parte de ese «nosotros»? ¿Y quiénes son, entonces, ellos? No me resisto a copiar aquí la respuesta que Albert Cossery dio a esta última pregunta en su novela Mendigos y orgullosos:

«―La verdad, señor oficial, es que te asombras con facilidad. La vida, la verdadera, es de una simplicidad infantil. No tiene misterio. Sólo existen los cerdos.
―¿A qué llamas tú cerdos?
―Si no sabes quiénes son los cerdos no hay ninguna esperanza para ti. Es la única cosa que no se aprende de los demás.»